No siempre el boxeo es una elección propia. No siempre uno pone sus sueños en un deporte, sino que otros lo hacen por nosotros. Y sin opción de opinar o siquiera atrevernos a decir “no me gusta, no quiero hacerlo”, te ves envuelto en un papel protagónico para el que no querías audicionar.

La historia de Michael Bentt es una historia de estas. Vivida por él, pero elegida por otra persona. Nacido en Londres en 1964, se mudó tempranamente a un pequeño suburbio de Nueva York donde pasó la mayoría de su niñez junto a sus padres jamaiquinos.
Su padre tenía fama de peleador callejero. Amaba los golpes y era fanático de Muhammad Ali. No se perdía ninguna de sus peleas, pero además, obligaba al pequeño Michael a verlas junto a él. A Michael le aterrorizaba aquel espectáculo, no había heredado en lo más mínimo ese gusto por el combate.

En un abrir y cerrar de ojos el pequeño Michael se encontró en un gimnasio de box. Su padre ya había decidido por él: seria boxeador, el próximo Alí! Y él viviría a costa de su hijo. La única vez que Michael le dijo que no quería boxear, recibió la paliza de su vida. Y tuvo que regresar al gimnasio.
En contra de su voluntad pero sin alternativa, Michael continuó boxeando. En sus minutos previos al ring soñaba con que un apagón total o un tornado lo salvarían de tener que combatir, pero esto no sucedía y una pelea abría paso a la siguiente. Tal es así que forjó una exitosa carrera amateur dentro de los pesos pesados, siendo uno de los boxeadores más condecorados de la historia de los Estados Unidos. Nada mal para alguien al que no le gusta lo que hace. Sin embargo, los trofeos y los aplausos no lo persuadían, detestaba ser golpeado.

Tras perder el pase a los JJOO de Seúl, el salto al profesionalismo llegó en el año 1989 y Michael encontró en esto, la posibilidad de librarse de la tiranía de su padre. Nadie pensaría que el fenómeno amateur seria noqueado en el primer asalto. Y así fue. Otra de las tantas historias que comienzan con el pie izquierdo. Sólo que en ésta la humillación de la sociedad, la prensa y los fanáticos lo llevaron a la ruina. El único motivo por el cual se salvó de recibir una segunda golpiza por parte de su padre, fue porque se había convertido en una tremenda mole de músculos de 1.90 metros de estatura.

Durante unos meses, Michael se dedicó a la bebida, las mujeres y el encierro. Viviendo en el departamento de su hermano y habiendo caído en una total depresión, la desesperación lo llevó a ponerse una pistola en la boca. Lo hizo dos veces, en ninguna de ellas tuvo el valor de disparar.

El destino suele ser engañoso. Aquel deporte que le había quitado las ganas de vivir, hoy llamaba a su puerta. Evander Holyfield, a quien ya conocía desde el amateurismo lo buscó para que fuera su sparring. Un día, el entrenador de Evander le confesó que durante las prácticas, no lograba descifrar cuál de los dos era el campeón. Esas palabras se le grabaron a fuego y decidió intentarlo otra vez.

Consiguió 10 victorias consecutivas. En 1993 le ofrecieron la pelea de campeonato ante Tommy “The Duke” Morrison. En una división dominada por los de piel morena, Morrison era considerado “La Esperanza Blanca”. Todos conocemos muy bien a Tommy. ¿Quién no lo recuerda siendo entrenado por el gran Rocky Balboa en el quinto episodio de la saga más taquillera de boxeo? De ese Tommy hablamos. Lo cierto es que este boxeador triplicaba en experiencia a Bentt. Todos sabían que Michael sólo había sido elegido porque daba la talla para que Morrison escalara al próximo nivel.

Digno de las historias de boxeo, esa noche en el Civic Center de Tulsa, Michael noqueó a Morrison en el primer asalto. El público quedó atónito. Aquel boxeador humillado regresaba a las primeras planas mundiales como el campeón de los pesos pesados WBO. Y es a partir de aquí cuando el destino le otorgó a Michael su pase a la libertad.

A poco menos de un año de su consagración, Bentt se enfrentó a Herbie Hide para, lógicamente, su primer defensa. Luego de recibir una golpiza de aquellas, cayó noqueado en el séptimo asalto. Al llegar al vestuario sufrió un desmayo y fue trasladado en ambulancia al hospital. Fue operado de urgencia por un coagulo en el cerebro y permaneció cuatro días en coma. Al despertar, el doctor le dio la grata noticia: no podría pelear más. Una noticia que hubiera sido el fin para cualquier boxeador, para Bentt fue liberadora. Sintió alivio. Se quitaba el peso de los hombros que había cargado por años. Esta vez le podía decir a su papá que su carrera había terminado sin remordimiento alguno. Al fin, nadie lo podía acusar de no haberlo intentado.

Lejos de haber llegado a su final, Michael tomaba su segundo aire. Ahora sí tenía las riendas de su vida y a pesar de que el boxeo siguió ligado a él para siempre, los papeles se intercambiaron. Se volcó a la escritura y comenzó a escribir notas para una revista.
Fue así que el boxeo llamó nuevamente a su puerta. Ahora enfrentaría finalmente al ídolo de su padre pero interpretando a Sonny Liston en la película “Alí” protagonizada por Will Smith. Poco después asesoraría a Clint Eastwood para su film “Million Dollar Baby”, además de dirigir teatro y entrenar a varios actores, entre ellos a Mickey Rourke con quien forjó una entrañable amistad.

Bentt noqueó y fue noqueado. No añora su época de boxeador y campeón, pero sabe que el boxeo ha sido la parte más importante de su vida. Aquel nocaut lo retiró finalmente de los encordados para llevarlo a un set de grabación, donde asegura que es realmente donde quiere estar.

Por Irene Deserti

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