por Irene Deserti

Más de cincuenta años han pasado ya desde que la icónica Roma se vistiera de ciudad olímpica. Los JJOO de 1960 serán siempre recordados como los juegos en los que Cassius Clay (Muhammad Alí) se presentó al mundo. Roma, que en principio iba a acoger los juegos en el año 1908, declinó ante Londres y tuvo que esperar 54 años para ser elegida como sede por el Comité Olímpico Internacional (COI). Los millones de dólares invertidos en la organización de este evento se tradujeron en un despliegue, hasta el momento, inédito y nunca visto, sumado a que además, esta ciudad ofrecía un marco arquitectónico único para su desarrollo. Las ruinas de la basílica de Maxence sirvieron como escenario para las competiciones de lucha; en las famosas termas de Caracalla, el antiguo complejo de baños de la Roma imperial, se celebraron las pruebas de gimnasia y el arco de Constantino, situado entre el Coliseo y la colina del Palatino, representó el término de la maratón. Traten de trasladarse mentalmente a este momento por unos segundos!

Los Juegos Olímpicos de Roma 1960 fueron clave durante los primeros años de la Guerra Fría. Allí se dio una guerra propagandística sin precedentes entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Los soviéticos, pretendian enfatizar su supuesta igualdad social, marcando una y otra vez la segregación racial a la población negra de Estados Unidos. Los acusaban de una grave incongruencia, que se proclamaba ante el resto del mundo como un país libre y democrático.

Para el boxeo en particular, estos JJOO fueron el momento donde comenzó a entretejerse una fantástica historia que le dio la vuelta al mundo.

Muhammad Alí aún era Cassius Clay cuando dejó claro que sería uno de los más grandes pugilistas de la historia. Para muchos, el mejor. La presea de oro que ganó en la categoría de peso semipesado sería el principio de una exitosa carrera profesional, durante la cual se proclamó campeón del mundo de peso pesado en tres ocasiones. Los combates de The Greatest siempre serán recordados por su peculiar forma de boxear, un estilo que él mismo definía con la frase “flota como una mariposa, pica como una abeja”. Su nombre pasó a la historia por ser, además, uno de los rostros más conocidos en la defensa de su religión (cambió su nombre en 1964 cuando abrazó los principios del Islam) y por sus problemas con la justicia estadounidense al evadir el servicio militar y oponerse a la guerra de Vietnam, hecho que le valió la suspensión como boxeador.

Pero regresando al año 1960, cuenta la leyenda que un día al gran Cassius Clay, lanzó su medalla olímpica de oro al río porque se negaron a atenderlo en una cafetería de su natal Louisville, ya que allí era un lugar donde “no se le servía a negros”. El contexto social por esa época era infame. La década de los años sesenta en Estados Unidos fue uno de los períodos más convulsionados.

La historia que les vamos a contar ocurre solo unos meses después de que Clay ganara el oro en los Juegos Olímpicos de Roma, representando por supuesto a Estados Unidos. Ese día fue para Clay algo muy especial. Desde que le pusieron la grandiosa presea dorada en su cuello, todos los días que le siguieron a la victoria, Clay la portaba orgulloso.  No se la quitaba ni para dormir. El creía que este logro cambiaría quizá las cosas.

Es así, que decide entonces entrar a dicha cafetería con su medalla al cuello, creyendo que este “detalle” pesaría más que su color de piel. Había ganado una medalla de oro para Estados Unidos! Que importaba su color! Era el gran campeón olímpico estadounidense! Lamentablemente la respuesta no fue la esperada y después de la humillación que recibió en esa cafetería, nace la famosa leyenda de que, en un arranque de rabia por lo sucedido, Clay lanzó su medalla al río Ohio.

Esta leyenda, refutada posteriormente por el propio Ali, paso de boca en boca y de crónica en crónica hasta convertirse en una verdad absoluta. Sin embargo, esa mentira sería finalmente develada en la obra literaria, “The Greatest”, una autobiografía publicada en 1975.

Pero a pesar de haber sido desmentida por su propio protagonista, la historia fue tan poderosa que hasta la fecha, muchos creen que fue verdad, y que la mentira lógicamente, es la segunda versión.

En el relato dado a conocer en 1975, el detalle del momento fue tal, que ocupó unas 20 páginas del libro. Que fue lo que pasó entonces? Cassius Clay y su hermano Ronnie llegaron al café y se sentaron para ordenar. Por supuesto que sabían que en ese lugar no se les servía a negros, un cartel en la vidriera del local lo dejaba más que claro. Pero esta ocasión era diferente, Cassius creía que con su hazaña olímpica se había ganado el derecho de que le sirvieran. Portaba su medalla como prueba!

Ali relata en su autobiografía: “Tenía la impresión de haber superado aquella etapa… había derrotado a extranjeros en mis combates para traer a Estados Unidos la Medalla de Oro”.

Inmediatamente, su hermano Ronnie tomó la medalla que Muhammad Ali llevaba colgada del cuello y se la mostró a la mesera que les estaba negando el servicio. El campeón no dudó en presentarse: “Soy Cassius Clay, soy el Campeón Olímpico”.

El propietario del lugar los miró sobradamente y exclamó que le importaba un carajo quién era e insistió en que en ese lugar no se servía a negros y que por favor se retiraran amablemente. El comedor entero adoptó un silencio sepulcral.

Y fue aquí donde por la mente de Clay pasó un discurso que jamás proclamó en voz alta, pero que había repasado mentalmente una y otra vez:

“Todos me conocen. Nací en el Hospital General que se encuentra a una cuadra de aquí. Fui criado aquí. Me eduqué en la Central High. Y ahora he traído la Medalla de Oro Olímpica para todo Louisville. He luchado por la gloria de mi país. Aquí sirven a cualquier extranjero, pero no sirven a un ciudadano negro de Estados Unidos. Tendrán que llevarme a la cárcel porque pienso quedarme aquí hasta que mis derechos sean reconocidos”.

Acto seguido, los hermanos se retiraron de la cafetería y en el puente que cruzaba el rio Ohio, fueron alcanzados por una pandilla de motociclistas que habían sido testigos de la situación y le “habían hechado el ojo” a la medalla dorada y por supuesto, planeaban quedarse con ella.

En el forcejeo por la presea, esta se manchó de sangre y Clay se la quitó: “Era la primera vez que la Medalla de Oro dejaba de estar sobre mi pecho, desde el día que el juez olímpico me la puso, el mismo día en que subí al podio con un ruso a mi izquierda y un polaco a la derecha. Por primera vez vi la medalla como un objeto. Había perdido esa magia. De repente, tuve clara conciencia de lo que quería hacer con aquella barata pieza de metal y aquella deshilachada cinta”.

Luego de quitársela, Cassius extendió su largo brazo hacia las sucias aguas del rio Ohio y soltó la medalla. Ese logró del que se había sentido tan orgulloso. Ese logró con el que creía, podría cambiar las cosas.

“La Medalla Olímpica era lo más preciado que había conseguido en mi vida. Le rendía culto. Era, para mí, un símbolo de identificación, de formar parte de un equipo, de un país, de un mundo. ¿Cómo podía explicarle a Ronnie que yo ansiaba algo que significara más que esto? Algo que fuera tan digno de mí como yo lo fuera de ello?”.

Inmediatamente después de haber sido condecorado como campeón olímpico, Cassius Clay salió a defender a su país, también ante la prensa. Al terminar la ceremonia de premiación, un reportero soviético le preguntó a Cassius como se sentía de ganar la gloria olímpica para un país que no le daba siquiera el derecho de ser atendido en una cafetería: “Para mi Estados Unidos es, aun así, el mejor país del mundo, contando al tuyo”, respondió Clay con su característica locuacidad y sarcasmo, “a veces puede ser difícil comer, pero de cualquier manera, dile a tus lectores que tenemos a gente calificada resolviendo ese problema y que no me preocupa”.

Pero entonces… Que fue lo que verdaderamente pasó con esa medalla?

En años recientes fue David Remnick, autor de la obra “King of the World”, la biografía más completa sobre Muhammad Ali, quien hurgó aún más en la leyenda de la medalla lanzada al río, ya que se conocían algunos detalles sobre la autobiografía escrita por Richard Durham con algunas historias reales, mezcladas con otras que fueron inventadas por el equipo de publicistas e ideólogos de Ali, según revelaron años después ejecutivos de Random House, la editorial del libro.

 “En cuanto a la historia de la medalla de oro, Ali la negó poco después de que el libro salió”,  reveló a Remnick la editora Toni Morrison. “Creo que fue en una conferencia de prensa donde le preguntaron sobre la medalla y Ali respondió: “No recuerdo dónde la dejé’ y donde también dijo que no había leído el libro.

“La historia sobre la medalla olímpica no fue real”, dijo también James Silberman, que era editor en jefe en Random House, al biógrafo de Ali. El gran campeón no tiró la medalla al río, sino que al parecer la perdió y prefirió que se inventara toda una historia para justificar tal descuido. En una conferencia de prensa Ali declaró: “no recuerdo donde la dejé”.

En los JJOO de Atlanta de 1996 el Comité Olímpico Internacional decidió honrar a Ali, otorgándole el honor de encender el pebetero y entregándole una nueva medalla como reemplazo de aquella perdida. Al fin y al cabo, fuera un extravío intencional o no, la medalla jamás apareció.

Fue durante un partido de básquet, que el rostro de Ali se iluminó al recibir la medalla que tanto orgullo le había generado, que tantos años extrañó y que 36 años después tenía otra vez sobre su pecho. La observó con amor, la besó, y finalmente sonrió ante el público que estaba totalmente emocionado por lo que veía.

Con el extravío de su medalla, Cassius Clay había perdido una parte fundamental de su juventud, aquella parte en la que los jóvenes forjan su carácter, aprenden a conquistar sus sueños y disfrutan del logro de sus primeros sacrificios. Alí maduró de golpe con esta experiencia y entendió que podía ser la imagen viva de una lucha social por los derechos de su pueblo. Cuando en 1966 se le quería obligar a combatir en la guerra de Vietnam, Ali contestó que ningún vietnamita lo había llamado negro de manera despectiva como sí lo habían hecho en su propio país, que no tenía nada contra ellos y que no tenía por qué enfrentarlos. Esta declaración le valió ser despojado de su campeonato mundial y suspendido del boxeo. Otra cachetada a un Alí que a pesar de todo jamás bajaría los brazos. Fiel a sus convicciones siguió adelante, hasta convertirse en El Mejor de Todos los Tiempos y el ejemplo y la motivación de millones.

Ese día, cuando el reemplazo de su medalla olímpica fue puesta en sus manos, sus ojos reflejaron la niñez que le había sido arrebatada por la mesera de Louisville al negarle el servicio. Por ese entonces ya libraba la batalla contra el Parkinson, pero aun así, su franca sonrisa nos mostró que todo el camino recorrido había valido la pena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *