No hubo micrófonos, ni mesa larga, ni discursos de protocolo. La antesala del combate se redujo a lo esencial: dos campeones, un apretón de manos y una promesa de guerra.
Emanuel Navarrete llegó finalmente a Glendale, Arizona, tras un retraso provocado por inconvenientes migratorios que le impidieron asistir a la conferencia programada el jueves. La ausencia generó inquietud, pero la situación quedó atrás: el campeón súper pluma de la WBO ya está en la sede y enfocado en la unificación del sábado.
Del otro lado lo aguardaba Eduardo Núñez, monarca IBF de las 130 libras. Sin dramatizar la espera, Núñez recibió a su compatriota con respeto. Primero el saludo. Después, el cruce de palabras. Finalmente, el careo.
“¿Listo? ¿Al tiro o qué?”, lanzó Navarrete apenas quedaron frente a frente.
“Listo para la guerra. Qué bueno que ya estás aquí”, respondió Núñez, firme y sin rodeos.
El tono fue directo, sin exageraciones teatrales. Ambos coincidieron en algo: el sábado no será una pelea especulativa. Navarrete dejó en claro que piensa ofrecer lo que el público busca en este tipo de choques: intensidad sin reservas. Núñez recogió el guante y aseguró que está preparado para sostener ese ritmo.
No hubo amenazas vacías. Hubo determinación. La unificación entre dos campeones mexicanos en plenitud rara vez decepciona. Este sábado no se disputará solo un cinturón más. Se pondrá a prueba carácter, resistencia y ambición.
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