William “Camarón” Zepeda: lo que ocurre cuando se apagan las luces
Por: Jaime Enrique Cortés Acuña
Aquella noche cambió su vida: ahora es un campeón. Mundial. William “Camarón” Zepeda ha entrado en la historia de los pesos ligeros, ese territorio reservado para los grandes campeones, donde los nombres dejan de pertenecer únicamente a una época y comienzan a convertirse en memoria. Ahí, en ese nicho donde quedan inmortalizados quienes alguna vez hicieron del boxeo una forma de trascender, está ahora el nombre de William Zepeda.
Pero detrás de aquella noche hay otra historia. Una que no aparece entre las luces del ring ni en las fotografías levantando el cinturón. Es la historia del hombre que, después de convertirse en campeón, sigue entrenando, cuida su alimentación y mantiene una disciplina que no depende de que haya una pelea en puerta. Porque mientras afuera todavía se habla de la noche de la consagración, dentro de su equipo el trabajo continúa. Y cuando uno comienza a conocer lo que ocurre detrás de una pelea, descubre que el verdadero triunfo de un boxeador no siempre está en los doce rounds que vemos.
El sábado, después de terminar su entrenamiento, William aceptó conversar conmigo vía telefónica. Antes de hacerlo hubo una precisión que en ese momento parecía un detalle, pero que después de conocer los pormenores de su preparación terminó adquiriendo otra dimensión: había que esperar a que terminara de entrenar y también había que respetar su alimentación. El campeón mundial podía darse unos minutos para hablar, pero había algo que seguía estando por encima de cualquier entrevista: la disciplina.
Ese pequeño episodio dice mucho más de un campeón que cualquier fotografía con un cinturón. El campeonato puede ganarse en una noche, pero la disciplina que conduce hasta él se construye durante meses y se sostiene cuando ya no hay luces, público ni cámaras.
En el caso de Zepeda, la preparación para aquella pelea comenzó desde febrero. Originalmente estaba programada para mayo, pero la fecha fue cambiando y el campamento se prolongó durante meses. Mayo pasó, después junio y el entrenamiento siguió. Cuatro meses de concentración significan mucho más que cuatro meses de gimnasio: significan sostener una rutina mientras la fecha definitiva se mueve, cuidar el peso, respetar la alimentación y mantener la cabeza en su sitio cuando todavía no existe una fecha segura para cobrar el esfuerzo.
Durante la última semana, William solamente entrenaba una vez al día. No porque hubiera disminuido la exigencia, sino porque el objetivo ya era otro. Después de meses de trabajo, el cuerpo ya no necesitaba más castigo; necesitaba llegar fresco, sudar, soltarse y mantener la intensidad. El momento exigía precisión. Había llegado la hora de recoger todo aquello que se había construido durante el campamento.
Ahí también comienza a entenderse el trabajo de Jay “Panda” Najar. La esquina de Zepeda ya no responde al viejo modelo del entrenador que intenta hacerlo todo. Najar dirige, pero alrededor suyo existe un equipo que se reparte responsabilidades: preparación física, nutrición, trabajo psicológico y entrenamiento técnico. Es una nueva manera de entender el boxeo de alto rendimiento, donde la experiencia del gimnasio se encuentra con herramientas que hace algunos años difícilmente formaban parte de una esquina mexicana.
Hay un detalle particularmente revelador: una psicóloga trabaja con los boxeadores del establo no solamente de manera individual, sino también como grupo. Y las conversaciones no se quedan en cómo controlar los nervios antes de una pelea. Se habla de familia, de dinero, de cuidar lo que se gana y de cómo manejar el entorno cuando empiezan a llegar la fama y los reflectores. También se prepara al hombre para lo que sucede después del triunfo.
Durante años se pensó que al boxeador había que enseñarle principalmente a pegar, defenderse y resistir. Ahora existe una preocupación distinta: enseñarle qué hacer con la vida que puede llegar después de ganar. Y William parece tener claro ese asunto. Cuando habla de su familia no lo hace como quien repite una frase aprendida. Habla de sus hijos, de su esposa y de la importancia de que ellos puedan disfrutar aquello por lo que él ha trabajado.
Incluso recuerda que, cuando comenzó a salir con su esposa, parte de su familia le advertía que tuviera cuidado porque estaba saliendo con un boxeador. Existía una imagen preconcebida sobre los hombres que viven de este deporte. Conocerlo cambió aquella percepción. Hay algo profundamente humano en esa historia: el boxeador puede transformarse cuando suena la campana, pero no puede permitir que esa transformación termine llevándose al hombre que existe fuera del ring. Dentro de las cuerdas necesita otra piel; afuera necesita seguir siendo padre, esposo, hijo y hombre.
William también conoce el otro lado de la historia: perder. La derrota ante Shakur Stevenson no solamente aparece en su récord; también permanece en su memoria. Él mismo reconoce que le dolió. “Sí me agüité”, me dijo. Pero después de aquella derrota vino una conversación con su equipo en la que señaló algo que, desde su perspectiva, no había funcionado. Se había sentido bien técnicamente, pero consideró que en determinados momentos había faltado mayor autoridad desde la esquina para indicarle cómo conducir el combate.
No es sencillo que un boxeador le diga eso a su entrenador después de perder. Tampoco es sencillo que un entrenador lo escuche. Pero lo hicieron. Lo hablaron, lo llevaron al gimnasio y trabajaron sobre ello. Quizá ahí esté una de las diferencias entre una esquina y un equipo: la capacidad de decirse las cosas cuando no son agradables y convertir una derrota en materia de trabajo.
Después aparecen esos detalles que parecen menores y que terminan contando quién es un campeón. William eligió personalmente el short con el que subiría al ring. Le gustan las barbas en su indumentaria y desde hacía tiempo quería utilizar aquella tela de terciopelo color vino tinto. El diseño le gustaba porque le recordaba los shorts que utilizaban los boxeadores de antaño que él veía y admiraba. Era una manera de llevar al ring algo de aquella época que todavía forma parte de su imaginario.
Lo consiguió, aunque después descubrió algo que solamente un boxeador puede comprobar: cuando el short se empapa de sudor, la elegancia también pesa. El detalle puede parecer anecdótico frente a un campeonato mundial, pero precisamente ahí aparece otra dimensión del personaje. En medio de la exigencia, de los golpes y de la responsabilidad de una pelea por un título, también hay espacio para una elección personal, para una referencia a los boxeadores que alguna vez admiró y para ese pequeño deseo de llevar algo de ellos consigo al ring.
La pelea dura doce rounds; la construcción de un campeón puede tomar años. Y cuando llega la noche de la victoria, lo que permanece no es solamente la fotografía del momento, sino todo aquello que nadie vio: los meses de preparación, el cuidado del peso, la alimentación, las conversaciones, las derrotas, los ajustes y la disciplina cotidiana.
William sigue entrenando y respetando su alimentación incluso después de convertirse en campeón. El cinturón ya está en sus manos, pero el hábito no se negocia. Después de hablar con él, esa es la imagen que permanece: no solamente la del hombre que levantó un campeonato mundial, sino la del boxeador que entiende que las luces pueden convertirlo en campeón durante una noche, pero que al día siguiente tendrá que volver al gimnasio y seguir haciendo aquello que lo llevó hasta ahí.

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