Durante año y medio, las dudas rodearon a Devin Haney como si fueran un rival más en la esquina. ¿Podía subir con éxito a las 147 libras? ¿Tenía la resistencia, la pegada y la convicción para reinventarse? El sábado en Riad, Arabia Saudita, respondió con la serenidad de quien no está para explicaciones, sino para resultados.
Haney (33-0, 15 KO) derrotó por decisión unánime a Brian Norman Jr. (28-1, 22 KO) y se coronó campeón mundial welter de la WBO, convirtiéndose así en monarca de tres divisiones. Las tarjetas, 117-110, 116-111 y 114-113, reflejaron un dominio estratégico sostenido, más claro de lo que su cierre apretado podría sugerir.
Desde su caída ante Ryan García en abril de 2024, posteriormente anulada por doping del californiano, Haney quedó bajo un escrutinio implacable: su quijada, su fortaleza mental, su capacidad de adaptación física. Y aunque la nulidad del resultado limpió el récord, no borró las preguntas. Él lo entendió mejor que nadie y lo enunció con una honestidad casi bíblica: “En 2024, lo perdí todo. En 2025, vine a recuperarlo. En 2026, voy a por todo”.
En Riad, Haney aguantó, conectó, calculó y dominó. Derribó a Norman en el segundo asalto con una derecha quirúrgica y desde entonces llevó el timón del combate. Sorprendió incluso su disposición a quedarse en la corta distancia, intercambiar y marcar respeto con ganchos precisos.
Norman, reconocido por su potencia y candidato a Nocaut del Año ante Jin Sasaki, nunca logró imponer su ritmo. Intentó endurecer la pelea en los asaltos intermedios, pero el jab de Haney fue cerradura y llave. El castigo se notó pronto: nariz sangrando desde el segundo round, ojo izquierdo inflamado en el tramo final. Su esfuerzo fue valiente, pero insuficiente ante un campeón que llegó con convicción, no con excusas.
Lo cierto es que su victoria abre un menú amplio: campeones, unificaciones, historias sin terminar. Y, sobre todo, devuelve a Haney el lugar que había perdido más en la narrativa que en el ring.


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