En Riad, bajo las luces del ANB Arena, Fernando “Puma” Martínez defendió su título mundial como siempre: avanzando sin pedir permiso, con ese coraje que lo volvió un símbolo inesperado del boxeo argentino reciente. Pero esta vez, la noche tenía otros planes. Jesse “Bam” Rodríguez, joven, preciso y calculador, terminó arrebatándole la faja de la WBA, defendiendo los propios, con un KO en el décimo asalto que selló la historia con una autoridad innegable.
Desde el inicio, Martínez buscó aquello que lo hizo campeón: la presión constante, la corta distancia, el desgaste. Por momentos logró arrinconar a Rodríguez y hacerle sentir que estaba frente a un guerrero curtido, no solo un rival. Pero a partir del cuarto round, “Bam” comenzó a leer mejor los tiempos, a caminar el ring con calma, a golpear sin apuro, como quien espera la grieta justa para cambiar un destino.
El combate tomó otro color después del séptimo asalto. La velocidad del estadounidense se volvió un problema creciente, y el argentino siguió avanzando por pura convicción, como si el cuerpo estuviera dispuesto a pagar cualquier precio con tal de sostener el sueño.
Y llegó el décimo. Un cruzado de izquierda, perfecto y potente, terminó con Martínez en la lona y con las ilusiones viajando hacia nuevas manos. Así, su invicto quedó atrás, y el boxeo argentino perdió a uno de sus campeones más aguerridos. Y el único que había hasta este momento.
Aun en la derrota, el “Puma” dejó esa marca indeleble que solo dejan los peleadores de verdad: la sensación de que se puede perder, sí, pero nunca retroceder.
Rodríguez no defraudó. Demostró una vez más porque es un digno Libra x Libra, un fuera de serie. La falta un solo campeonato para ser campeón indiscutido y parece que, le pongan a quien le pongan enfrente, lo va a lograr.



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