Bajo las luces de MGM Grand, Sebastián Fundora volvió a imponer su ley con una actuación que combinó disciplina táctica y contundencia ofensiva. La “Torre Infernal” no dejó dudas: noqueó técnicamente en seis asaltos a Keith Thurman y firmó así la tercera defensa exitosa de su cinturón superwelter del Consejo Mundial de Boxeo.
Desde el inicio, Fundora hizo valer su diferencial físico, casi 2 metros de altura, con un jab persistente, incómodo, casi quirúrgico. No fue solo una herramienta de tanteo: fue un sistema de control. Thurman, más bajo y con pasado ilustre como campeón unificado welter, intentó acortar la distancia y trabajar en la zona media, pero quedó atrapado en un combate que nunca logró descifrar.
El desenlace llegó a los 1:17 del sexto asalto. Para ese momento, la resistencia de Thurman ya era más simbólica que efectiva. La acumulación de castigo, sumada a combinaciones cada vez más fluidas —con ese uppercut de izquierda como firma— obligó al árbitro a intervenir. Una decisión correcta, casi inevitable.
Lo de Fundora no fue solo una defensa más. Fue una declaración. En una división históricamente exigente, empieza a construir algo más sólido que un reinado: una identidad. Orden, alcance, volumen y una creciente madurez para elegir cuándo acelerar.
Thurman, por su parte, mostró oficio, pero también evidenció el desgaste lógico de los años y la inactividad. Esta vez, la experiencia no alcanzó.
La escena superwelter tiene dueño… y mide 1,97.


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